Periodistas y cigüeñas
Las cigüeñas tienen querencia por Guadalajara. Basta mirar a los tejados de buena parte de la provincia para comprobar que siguen ahí, año tras año, pese a lo mal que fueron tratadas en otros tiempos. Últimamente son más y viven mejor, aunque para ir pasando el día a día hayan tenido que acostumbrarse a escarbar en los basureros sin mancharse ni el pico ni la pluma, porque mierda no es precisamente lo que falta en esta provincia. Se diría que las cigüeñas y los periodistas de Guadalajara llevan vidas paralelas.
Bajo tales circunstancias, resultaba casi obligado que la primera información que este escribiente publicó en el “GUADALAJARA 2000” de 1987 fuera sobre las cigüeñas. Era San Blas y aquello fue una crónica de aliño, como tantas que se hacían para cubrir de negro el papel cuando las notas de prensa casi no existían y la información apenas salía de los despachos. El cierre acechaba siempre, con lo que a la fuerza se te ejercitaba la rapidez mental y la “digital”, porque se escribía sobre papel prensa cortado en la guillotina, por aprovechar. Enmiendas, las menos posibles, para que “las chicas” que te iban a componer el texto no se liaran más de la cuenta y el montador no metiera el tijeretazo sobre la galerada por donde no debía.
Los periodistas de aquel “GUADALAJARA 2000” pasábamos casi tanto frío como las cigüeñas que se atrevían a sobrevolar los campos de Marchamalo. La nave de la calle de Las Flores permitía otear los horizontes campiñeros pero, a cambio, te obligaba a machacar con más fuerza las teclas de la Lettera si no querías terminar criando sabañones. Aventuras lejanas de los que peinamos canas y que ya por entonces andábamos medio encanecidos por aquello de la genética.
Osadías extravagantes
Ser periodista en esa Guadalajara era tan raro todavía que a nadie le extrañó demasiado que surgiera una cabecera con una periodicidad tan extravagante como aquella, que se citaba con el lector martes y viernes. Tampoco nadie se esperaba que el invento perdurara, pues no en vano se cimentaba en una rotativa añosa (que ya habíamos conocido los que veníamos de “La Prensa Alcarreña”), en unas Olivetti que ya sabían de las penurias de “La Prensa Alcarreña” e incluso en las mesas de indefinible formica verde donde los aprendices de redactor nos parapetábamos ante las entradas impetuosas de Javier Pérez Almenara… también en “La Prensa Alcarreña”. Incluso como engarce entre los dos proyectos transitó en ambos Pedro García García, Lahorascala para el mundo.
Todos esos nombres llegan desde lo profundo de la memoria con evocaciones que poco dicen para los periodistas en flor y menos aún para los lectores, que esos bastante tienen con los anuncios gratuitos por palabras adobados con informaciones que daba y sigue dando este santo periódico. Esa fue otra gran lección de humildad propinada por el “2000”, y no pequeña, para el periodismo ejerciente de una Guadalajara anclada durante décadas en el ir tirando. Lo más apreciado no tiene por qué ser lo más ostentoso. Así pasó y así seguirá pasando.
En el lustro desparramado del que subscribe como redactor-jefe en esta casa transitamos de Marchamalo al Jardinillo y de éste a la calle Francisco Cuesta, pero también lo hicimos desde un proyecto muñido por funcionarios y con cierta vocación funcionarial a otro en el que se terminó por imponer el afan de dar al lector lo que quería y un poco más, para que se fuera acostumbrando. No fue fácil ni el trabajo cotidiano ni esquivar los cuchillos que a veces volaban por los aires de la Redacción, pero el experimento se saldó sin más crímenes que los que aparecían en las páginas de Sucesos, intencionadamente bien tratadas. Había que diferenciarse del resto y así se hizo. Y hasta hubo miles de lectores que lo agradecieron.
El “2000” lo hicieron los que estábamos y también los que se empeñaron en que no estuviéramos, que tenían más ínfulas que acierto en su propósito, como acredita este aniversario.
Por esta Redacción han pasado buena parte de los que hoy forman el armazón del periodismo local, lo que da buena prueba de que algo bueno se cocía en aquellas calderas: nos alimentábamos de libertad y eso termina por crear hábito, incluso entre el vecindario. Fueron compañeros y hoy, amigos. Reconociendo esa amistad con la que me honro me evito citarlos por su nombre y al lector le eximo de leer una larga relación que, eso sí, ocupa desde entonces buena parte de mi corazón.
Al final, tras el recuerdo siempre terminan aflorando los puñeteros sentimientos. Al que no he visto desde hace tiempo es al Leirado aquel, el que hacía opinión desde una columna que reventó más de una costura institucional, de explosiva que era y quería ser. Si le ven, al Leirado digo, le saludan de mi parte y me lo mandan, por saludarle.
Cómo pasa el tiempo. Y las cigüeñas siempre ahí, observando.
Augusto González Pradillo
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